―Sabes cómo se descubrió la seda, ¿no?
Es Aziz Khalmuradov.
Khalmuradov es mi guía por las rutas de la seda de Asia central. Es un hombre recio, de ojos tristes y con un profundo conocimiento del folclore. Aziz y yo llevamos muchos meses andando juntos. Codo con codo, hemos caminado más de 1600 kilómetros en Uzbekistán, atravesando las estepas que barre el viento de la meseta de Ustyurt y el terrible desierto rojo de Kyzyl Kum (que, en realidad, es de un tono rosado, como la piel quemada por el sol) y subiendo por interminables sendas fluviales que se deslizan como bailarines por las orillas sinuosas del río Amu Daria. Ahora vamos por una carretera asfaltada del valle de Ferganá que lleva a Marg’ilon, el último centro de hilatura tradicional de la seda en Uzbekistán.
Hace mucho tiempo, narra la leyenda, la princesa china Lei Zu, de 14 años, tomaba el té en su jardín real cuando el capullo de algún insecto cayó en su taza desde un árbol. Contrariada, lo sacó. Pero el calor del té ya había empezado a desenrollar una fibra del capullo. Lei Zu miró fijamente el cabo suelto. Con los dedos mojados pellizcó una hebra que cambiaría el mundo: la seda.
Shovkat Mammadaliev, left, assists Okhunova in unspooling individual silk filaments from worm cocoons.
Paul Salopek
Esta historia es una leyenda; la princesa Lei Zu nunca ha existido. Lo cierto es que el cultivo de la seda (la sericicultura) se inventó en China hace más de 5000 años y, de alguna forma, su elaboración fue un secreto industrial durante 3000 años. Se hizo así para mantener el monopolio de uno de los artículos de lujo más codiciados del mundo antiguo. Durante varios milenios el verdadero origen de este bello tejido satinado que acabó vistiendo a los emperadores romanos y que prestó su nombre a la ruta internacional más famosa del planeta fue un completo misterio para todo aquel que no fuera chino. En el siglo IV el historiador romano Amiano Marcelino creía que la seda se elaboraba a partir de ciertos barros del Lejano Oriente. Otros estudiosos creían que se hilaba con hojas de árboles. ¿Quién pudo haber sabido la verdad: que se extraía de las glándulas salivales de una especie de polilla?
El gusano de seda o Bombyx mori es la especie productora de seda más común.
Se trata de un insecto domesticado, como la abeja, criado de manera selectiva por maestros sericicultores chinos durante varios milenios. Esta polilla no puede volar, es ciega, peluda y del tenue color grisáceo de la luz de los cuartos lunares. La especie Bombyx mori pone unos 500 huevos y, al poco tiempo de acabar, muere. Sus voraces gusanos se alimentan con hojas de morera cortadas a mano por los sericicultores, aumentando su peso por 10 000. El ruido que hacen estos gusanos al comer cuando se amontonan por millares en los oscuros viveros parece el sonido de la lluvia sobre un tejado de zinc. Cuando engordan lo suficiente, los gusanos pasan a la fase de crisálida. Trabajan infatigablemente tejiendo en círculos una especie de cáscara pequeña y dura, parecida a un huevo. Cada capullo tiene unos 800 metros de hilo de seda de 0,015 milímetros de diámetro.
The Yodgorlik silk-making workshop uses natural dies for special orders: onion skin yellows, rusty walnut shell browns, and indigo blues from India.
Paul Salopek
―Tenemos que encontrar los cabos sueltos y desenredarlos ―comenta Inoyatkhan Okhunova, una hiladora que lleva más de treinta años trabajando en la fábrica de seda de Yodgorlik, en Marg’ilon―. Es mejor que el hilo no se rompa. Lleva un tiempo de práctica.
Para ello, Okhunova hierve los capullos en grandes piletas de zinc con agua jabonosa. Las fibras de seda brillan a la luz del humeante taller como telas de araña. Un compañero las devana en una bobina en grupos de cinco, siete o diez. Es el hilo base.
Eso es solo el principio.
El proceso de elaboración de un hilo de seda terminado es complejo, laborioso, matemático. Tras haberlo presenciado, es fácil entender por qué durante tantos siglos se mantuvo en secreto la hilatura de la seda: rumores de magia, de una tecnología de otro mundo. Gran parte de la seda de Marg’ilon todavía se tiñe a la antigua usanza, utilizando tintes naturales que se conocen desde hace 2000 años: piel de cebolla para el amarillo, granada para el marrón, índigo para el azul, cáscaras de nuez para el rojo óxido. Una sola madeja de seda de Marg’ilon hecha a mano puede tardar un mes en elaborarse. Pasa por muchas (y ágiles) manos. Su elaboración es como la meditación. En un puesto de la fábrica de Yodgorlik, un hombre manipula una rueca, enrollando los largos hilos en bucles de igual tamaño en un ritual que parece visibilizar el pensamiento abstracto, una conversión de la aleatoriedad en orden, trabajando en una frecuencia de acción que se remonta al Big Bang, una oración circular e infinita.
The Yodgorlik silk-making workshop uses natural dies for special orders: onion skin yellows, rusty walnut shell browns, and indigo blues from India.
Paul Salopek
―Tenemos que encontrar los cabos sueltos y desenredarlos ―comenta Inoyatkhan Okhunova, una hiladora que lleva más de treinta años trabajando en la fábrica de seda de Yodgorlik, en Marg’ilon―. Es mejor que el hilo no se rompa. Lleva un tiempo de práctica.
Para ello, Okhunova hierve los capullos en grandes piletas de zinc con agua jabonosa. Las fibras de seda brillan a la luz del humeante taller como telas de araña. Un compañero las devana en una bobina en grupos de cinco, siete o diez. Es el hilo base.
Eso es solo el principio.
El proceso de elaboración de un hilo de seda terminado es complejo, laborioso, matemático. Tras haberlo presenciado, es fácil entender por qué durante tantos siglos se mantuvo en secreto la hilatura de la seda: rumores de magia, de una tecnología de otro mundo. Gran parte de la seda de Marg’ilon todavía se tiñe a la antigua usanza, utilizando tintes naturales que se conocen desde hace 2000 años: piel de cebolla para el amarillo, granada para el marrón, índigo para el azul, cáscaras de nuez para el rojo óxido. Una sola madeja de seda de Marg’ilon hecha a mano puede tardar un mes en elaborarse. Pasa por muchas (y ágiles) manos. Su elaboración es como la meditación. En un puesto de la fábrica de Yodgorlik, un hombre manipula una rueca, enrollando los largos hilos en bucles de igual tamaño en un ritual que parece visibilizar el pensamiento abstracto, una conversión de la aleatoriedad en orden, trabajando en una frecuencia de acción que se remonta al Big Bang, una oración circular e infinita.
Video by Paul Salopek
―Esta artesanía casi se perdió en los tiempos de la Unión Soviética ―cuenta Rosuljon Mirzaakhmedov, novena generación de hiladores―. El gobierno controlaba el mercado. Solo se hacía seda de manera industrial. La fabricación privada estaba prohibida.
En los años ochenta el padre de Mirzaakhmedov estuvo preso durante cinco años por ser propietario de un telar. Hoy Mirzaakhmedov dirige una ajetreada cooperativa de familias hiladoras en Marg’ilon.
Finger dance: Matlyuba Tulkinova and Dildore Asadullaeva weave a cotton carpet the old-fashioned way—one hand-tied knot at a time.
Paul Salopek
Aziz y yo seguimos andando en dirección a China. Hacia las fauces del invierno. Seguimos un hilo de seda espectral que una vez unió Este y Oeste.
Es difícil.
El cielo de Ferganá es frío, nublado y ceroso. El sol, suspendido en la bruma, es un capullo blanquecino. En la carretera helada que tenemos por delante camina a paso largo Tolik Bekniyazov, nuestro desgarbado mulero. Un nómada taciturno. En algún viejo campamento junto al sendero debe haberme visto entornar los ojos, malogrados por la lectura, esforzándome por enhebrar una aguja con un hilo previamente lamido (del nylon más barato, no de seda) quizá para arreglar mi abrigo. Pronto nos separaremos en una nueva frontera. Y descubriré muchos días después, maravillado, que ha enhebrado y anudado el hilo de cada aguja de mi pequeño costurero.
Todos somos hiladores.
