Avanzamos lentamente por el histórico valle de Ferganá. Caminamos entre las villas invernales despobladas que hay en la ruta hacia la frontera de Kirguistán. Hace frío. El cielo luce de ese color gris que tienen los buques de guerra. En un cruce de camino solitario, junto a un campo de algodón en barbecho, conocemos a dos representantes de la industria de la belleza mundial. También van a pie: un hombre de mediana edad y una jovencita. Ambos van envueltos en viejas ropas. Son parte de un grupo llamado Mugat, una minoría que la gente asocia con los romaníes o gitanos acá en Uzbekistán.
"Espera", dice mi guía, Aziz Khalmuradov, y llama a la pareja. Ellos complacientemente abren los sacos de grano que llevan.
"¿Qué es?" me pregunta Khalmuradov.
"Parece cabello", le digo. "Un montón de bolas de cabello".
"Correcto", dice Khalmuradov con aprobación, como maestro a pupilo. "Cabello humano para exportar a China".
The Mugat community in Andijan survives off migrant labor and recycling scrap metal and plastic bottles—and hanks of human hair.
Paul Salopek
Cuando caminas por el mundo, debes esperar lo inesperado.
Todo lo que ves puede sorprenderte. Pero rara vez quedarás maravillado. Esto se debe a que, como lo dijo el filósofo español José Ortega y Gasset, al caminar adoptas la actitud del cazador, del buscador, del eterno resolutor de problemas —el "hombre en estado de alerta"— para el cual "la solución debe aparecer en el úlimo lugar previsible que haya en el horizonte". La solución en este caso es una historia.
En todos lados, la gente quiere verse bien. Esto es natural. Todos queremos ser bellos.
Recientemente, en las sociedades más acomodadas de nuestro planeta, este deseo humano se ha traducido en coser o anclar el cabello de un extraño —esterilizado, recortado y teñido de tu color preferido— en tu propia cabellera: extensiones de cabello. Es una moda popularizada, como de costumbre, por las celebridades. El procedimiento, llevado a cabo en cualquier salón de belleza de Tokio, París o Nueva York, puede costar desde unos cientos hasta mil dólares. Este negocio de injerto de pelo está creciendo aceleradamente. El comercio internacional de las extensiones de cabello ha sido avaluado en muchos cientos de millones de dólares.
Pero, ¿de dónde viene la materia prima? El cabello humano, después de todo, ¡no crece en los árboles ni se extrae de las minas en las montañas! No. Proviene de un solo lugar: del cráneo humano. Un poco de pelo pertenece a las devotas mujeres de la India que han cortado su cabello en festivales religiosos. Otro poco pertenece a mujeres rusas desfavorecidas que han necesitado vender sus doradas trenzas por necesidad económica (el cabello rubio es más caro). También hay quienes recolectan pelo en las zonas rurales de China y Perú. Y hay también pelo que es recolectado puerta a puerta en lugares como el valle de Ferganá en Uzbekistán.
Protein “gold”: Human hair, collected door-to-door, offers some economic relief to the marginalized Mugat community in Uzbekistan.
Paul Salopek
"No cortamos el pelo de nuestras clientas", explica una recolectora Mugat, una anciana que conocimos en la ciudad periférica de Andiyán. "Las mujeres sacan el pelo que queda en sus cepillos o en los drenajes y lo guardan para nosotras. Lo recogemos cada cierta cantidad de meses. Toma tiempo que el pelo crezca".
La recolectora no quiere decirnos su nombre.
Y ello no se debe a que el comercio de cabello sea ilegal en Uzbekistán o algo por el estilo, ya que no lo es. Se debe a que la industria es altamente competitiva. Los clientes chinos —el cabello uzbeko se exporta en grandes fardos a China para que sean procesados— cuidan con mucho celo a sus proveedores. La anciana dice que gana una miseria: quizás un dólar por kilo, o unos 50 centavos por libra de su mercancía proteínica. Pero eso es falso. El precio mayorista del pelo humano en Uzbekistán bordea los $25 por libra. El pelo de los pueblerinos —hebras que un día podrían estar ancladas a un cráneo Kardashian— es oro para los Mugat.
Hay cerca de 12 mil Mugats en Uzbekistán.
Los uzbekos se refieren a ellos con menosprecio como lyulis o gitanos, aunque hay escasa evidencia gentética que los vincule con la diáspora romaní. El grupo se divide en un sistema de castas que indica una migración desde el subcontinente Indio hacia Asia Central hace siglos. Por tradición, los Mugat fueron músicos y entretenedores errantes. Hoy viven en comunidades muy cerradas que los demás uzbekos no frecuentan. Son uno de los pueblos marginales del mundo. Muchos sobreviven mendigando o bien reciclando desechos de metal o botellas plásticas.
"El pelo es mucho mejor", dice Barno Urmanova, una agente de venta de cabello en el distrito Mugat de Andiyán. "Es más rentable. Y ayudamos a la gente a sentirse bien, ¿o no? Nuestro pelo también se usa para hacer pelucas para personas enfermas de cáncer".
Urmanova es ruda y sin temores: una matriarca experimentada.
Las jóvenes recolectoras pasan por su patio todo el día, cargando bolsas de pelo humano para pesarla en una balanza eléctrica, para la exportación. Son mujeres Mugat vestidas con largas faldas que llevan su propio cabello cubierto por un pañuelo. Traen historias de vida de sus rutas de cabello. Dicen que vagan por los poblados durante un mes por vez, intercambiando pelo por baratos utensilios plásticos de mesa. La gente le echa los perros a las Mugat, o azota la puerta en sus caras. Los hombres les dicen palabras feas. Hay problemas con la policía. El distrito de Corasmia cerca de Bukhara es el peor.
"Algunas personas tratan de engañarnos al mezclar pelo de barba de hombre en la madeja", dice Urmanova. "Es demasiado corto".
Mi guía Khalmuradov y yo caminamos por las sucias callejuelas para salir del barrio de Urmanova. Hay perros encadenados y depósitos de chatarra congelados. Muchos de los hombres están ausentes; se han ido a realizar trabajo servil a Rusia. En las puertas cuelgan amuletos de buena suerte. Cerca de una docena de Mugats nos acompaña al camino. Son muy amables pero se ven un poco tristes. Se despiden con la mano.
Trato de recordar lo que sé de cabello.
Hemingway era un fetichista del cabello. Es un mito que el pelo sigue creciendo después de la muerte (es el tejido el que se encoge, exponiendo más folículos). El cuerpo está recubierto de unos 5 millones de pelos. Y ahora esto. Vendemos todo entre nosotros —los pobres y los ricos. Nuestro pelo es lo mínimo de ello.
Protein “gold”: Human hair, collected door-to-door, offers some economic relief to the marginalized Mugat community in Uzbekistan.
Paul Salopek
"No cortamos el pelo de nuestras clientas", explica una recolectora Mugat, una anciana que conocimos en la ciudad periférica de Andiyán. "Las mujeres sacan el pelo que queda en sus cepillos o en los drenajes y lo guardan para nosotras. Lo recogemos cada cierta cantidad de meses. Toma tiempo que el pelo crezca".
La recolectora no quiere decirnos su nombre.
Y ello no se debe a que el comercio de cabello sea ilegal en Uzbekistán o algo por el estilo, ya que no lo es. Se debe a que la industria es altamente competitiva. Los clientes chinos —el cabello uzbeko se exporta en grandes fardos a China para que sean procesados— cuidan con mucho celo a sus proveedores. La anciana dice que gana una miseria: quizás un dólar por kilo, o unos 50 centavos por libra de su mercancía proteínica. Pero eso es falso. El precio mayorista del pelo humano en Uzbekistán bordea los $25 por libra. El pelo de los pueblerinos —hebras que un día podrían estar ancladas a un cráneo Kardashian— es oro para los Mugat.
Hay cerca de 12 mil Mugats en Uzbekistán.
Los uzbekos se refieren a ellos con menosprecio como lyulis o gitanos, aunque hay escasa evidencia gentética que los vincule con la diáspora romaní. El grupo se divide en un sistema de castas que indica una migración desde el subcontinente Indio hacia Asia Central hace siglos. Por tradición, los Mugat fueron músicos y entretenedores errantes. Hoy viven en comunidades muy cerradas que los demás uzbekos no frecuentan. Son uno de los pueblos marginales del mundo. Muchos sobreviven mendigando o bien reciclando desechos de metal o botellas plásticas.
"El pelo es mucho mejor", dice Barno Urmanova, una agente de venta de cabello en el distrito Mugat de Andiyán. "Es más rentable. Y ayudamos a la gente a sentirse bien, ¿o no? Nuestro pelo también se usa para hacer pelucas para personas enfermas de cáncer".
Urmanova es ruda y sin temores: una matriarca experimentada.
Las jóvenes recolectoras pasan por su patio todo el día, cargando bolsas de pelo humano para pesarla en una balanza eléctrica, para la exportación. Son mujeres Mugat vestidas con largas faldas que llevan su propio cabello cubierto por un pañuelo. Traen historias de vida de sus rutas de cabello. Dicen que vagan por los poblados durante un mes por vez, intercambiando pelo por baratos utensilios plásticos de mesa. La gente le echa los perros a las Mugat, o azota la puerta en sus caras. Los hombres les dicen palabras feas. Hay problemas con la policía. El distrito de Corasmia cerca de Bukhara es el peor.
"Algunas personas tratan de engañarnos al mezclar pelo de barba de hombre en la madeja", dice Urmanova. "Es demasiado corto".
Mi guía Khalmuradov y yo caminamos por las sucias callejuelas para salir del barrio de Urmanova. Hay perros encadenados y depósitos de chatarra congelados. Muchos de los hombres están ausentes; se han ido a realizar trabajo servil a Rusia. En las puertas cuelgan amuletos de buena suerte. Cerca de una docena de Mugats nos acompaña al camino. Son muy amables pero se ven un poco tristes. Se despiden con la mano.
Trato de recordar lo que sé de cabello.
Hemingway era un fetichista del cabello. Es un mito que el pelo sigue creciendo después de la muerte (es el tejido el que se encoge, exponiendo más folículos). El cuerpo está recubierto de unos 5 millones de pelos. Y ahora esto. Vendemos todo entre nosotros —los pobres y los ricos. Nuestro pelo es lo mínimo de ello.
