El bazar Dordoi, cerca de Bishkek, la capital de Kirguistán, emerge del lodazal de la estepa centroasiática como si de una base lunar destartalada se tratase, como una extraña fortaleza modular, como una broma arquitectónica de mal gusto.
Sólo si imaginamos una granja de gallinas contenida dentro de un huevo gigante, o una funeraria que opere desde dentro de un ataúd, nos podremos hacer una idea del liricismo estrafalario de Dordoi, uno de los mercados al aire libre más grandes de Asia, construido a partir de unos 30.000 contenedores de transporte reconvertidos en comercios. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos de estos contenedores de metal, de unos 12 metros de longitud y diseñados para transportar mercancía de un rincón a otro del planeta, se concentran actualmente en Dordoi, pero la cifra aumenta a diario. En algunas secciones de este mercado, que tiene una superficie de más de 400.000 metros cuadrados, se pueden ver verdaderos "rascacielos" tambaleantes de hasta tres contenedores de altura. Estas unidades han sido reconvertidas en tiendas, almacenes, restaurantes, invernaderos improvisados, talleres mecánicos, aseos e incluso una especie de oficina de correos. Además, Dordoi también cuenta con mezquita y camposanto propios. Se trata de un nuevo caravasar en plena Ruta de la Seda, esculpido a partir de cubos oxidados. Es un templo dedicado a las ganancias, donde mercancía y alojamiento coexisten en armonía.
"Ah, yo creo que este lugar no durará más de 10 o 15 años más", se lamenta Sanam Tadjybaeva, una tendera curtida cuyas lámparas convierten con sus destellos el interior de su contenedor de transporte, lleno a rebosar, en una gruta del tesoro de cristal tallado. "Los grandes centros comerciales llegarán cualquier día a Kirguistán y esa llegada de la civilización supondrá el fin de Dordoi".
Dordoi nació en el marco de capitalismo salvaje y asilvestrado de la era post-soviética.
Envuelto en el caos anárquico en la década de 1990, donde las fronteras dentro de Asia Central se afianzaban y se acuñaban nuevas monedas, los emprendedores kirguisos vieron la oportunidad de aprovecharse de la situación geográfica de su país para lucrarse, dado su carácter de punto comercial entre China y Europa. Dordoi se expandió a partir de un puñado de comercios ubicados en contenedores y diseminados por los desolados campos adyacentes a la frontera con Kazajistán, hasta convertirse en el coloso que es hoy en día: el mayor almacén de contenedores al aire libre, donde miles de vendedores independientes ejercen su actividad mercantil en un laberinto de callejones encajonados por estas estructuras de acero. Según los cálculos de un estudio, aproximadamente 150.000 personas sobreviven, directa o indirectamente, gracias a Dordoi. Sus tiendas de paredes de acero, marcadas con nombres de empresas de transporte marítimo y ferroviario, mueven miles de millones de dólares al año.
"Los compradores y vendedores que comercian aquí vienen de Rusia, Uzbekistán, Kirguistán, Kazajistán y China", explica Yuri Selezner, un comerciante de pieles de oveja que, a diferencia de muchos de los comerciantes que operan en contenedores en Dordoi, vende su mercancía en un viejo camión de la época soviética. "Vienen o van en función de su situación económica. Los únicos que vienen para quedarse son los vendedores que provienen de China."
¿Y qué se puede comprar aquí?
Los productos que se venden en Dordoi provienen principalmente de China, pero también de Turquía, el sudeste asiático, Estados Unidos y Europa. Cada tienda-contenedor se dedica a la venta de un producto en concreto: piezas de automoción, pieles de animales, guitarras eléctricas, champiñones marinados, lencería, hierbas medicinales, cámaras de videovigilancia, pescados de ojos saltones extraídos del lago Issyk Kul y una amplia variedad de gorros de lana, entre muchos otros bienes. De hecho, se puede decir que el 99 por ciento de la cultura material del ser humano a principios del siglo XXI está a la venta en Dordoi. Seguro que podríamos comprar plutonio o incluso la felicidad si supiésemos en qué contenedor encontrar estas cosas.
"Lo que nosotros ofrecemos y que no ofrecen los grandes comercios de la ciudad es el factor humano", afirma Dastan Muratov, vendedor de guitarras chinas. Muratov va vestido con pantalones de esquí y una parka impermeable y acolchada para hacerle frente al gélido invierno de Dordoi. "Aquí puedes interactuar mejor con el cliente, puedes charlar, negociar y establecer un vínculo emocional con él", explica Muratov, que hace una pausa para mirar con frialdad a un grupo de chavales que manosean sus guitarras.
¿Cuál es la clave del éxito de Dordoi? Pues la misma que en cualquier otra parte del mundo, según Muratov. Elegir un contenedor que haga esquina y empezar con un negocio modesto.
