Como muchos arqueólogos, Andrey Astafyev ha pasado su vida mirando hacia abajo.
Durante las dos decadas pasadas, el científico ruso ha caminado por los desiertos marrón de salicores en la zona oeste de Kazajistán, escaneando cuidadosamente su tierra en busca de pistas dejadas por el desfile de humanidad que una vez migró a través de asia Central: Hachas de mano de la Edad de Piedra, cuentas hechas de cáscara que datan de la Edad de Bronce, puntas de flecha de la era de la Ruta de la Seda y alguna ocasional bala de mosquete de fuertes Zaristas olvidados del sigo XIX. Este invierno, sin embargo, tras escalar una remota montaña en su vasta y poco poblada área de estudio, Astafyev miró el paisaje hacia abajo y decidió dejar unos pocos artefactos suyos. Grandes. Copiando los diseños de los petroglifos locales, utilizó tecnología GPS, un drone cuadricóptero y una traviesa atada a su auto para dibujar geoglifos colosales en la estepa.
¿El resultado del esfuerzo de 5 meses? Un argalí de 500 pies de largo, un arquero montado más alto que tres canchas de fútbol, un camello estilizado extendido por casi un cuarto de milla de nariz a cola y otros dos diseños gigantes prestados por la historia local. Cuando Google Earth actualice sus imágenes satelitales de Asia Central, podrás ver el trabajo de Astafyev desde la órbita.
A centuries-old water well along the old Silk Road is one of the cultural relics studied by Astafyev in Mangystau.
Paul Salopek
"La pregunta fue cómo hacer esto sin destruir la estética natural," me escribió en un correo electrónico, notando que su inspiración eran las famosas Líneas Nazca de Perú. "Siempre me he sentido atraído por la paleta monocromática y la simplicidad de los petroglifos de los nómades locales. Con ellos, ¡todo es harmonioso!
Camino por el mundo. Y el proyecto de Astafyev desarrollado por un hombre y medio - fue asistido por su hijo de 13 años, Artem - es la evidencia más reciente que he encontrado en que se refleja el ímpetu de la humanidad para, lieralmente, redibujar La Tierra.
La mayoría de esas marcas son modernas, por supuesto. Vivimos en el Antropoceno, una era geológica completamente marcada por el apetito humano y la tecnología. Es por ello que no resulta sorprendente que la maraña de autopistas, tuberías, embalses, reservorios, líneas férreas, grandes ciudades y plantaciones de nuestra sociedad industrial domine nuestra huella dactilar en el globo: Obstáculos colosales que dificultan la travesía a pie porque son erigidos - y diseñados - por máquinas, no por músculo y tendón humano.
Pero entre esta matriz alucinante de concreto y acero perdura una tenue tracería de líneas, curvas, montículos, depresiones y surcos no naturales pero de una delicadeza mucho mayor. Son los trabajos de un mundo desvanecido: un registro sutil, un texto que va desapareciendo, un palimpsesto del 99 por ciento de la historia de nuestra especie previo a la invención de las máquinas. Jason Ur, un arqueólogo de Harvard que utiliza fotografías satelitales para mapear los senderos entre las ciudades Mesopotámicas, acertadamente denomina a esas antiguas líneas y redes "líneas huecas". Desgastadas por los pies de generaciones de personas y pezuñas de animal, o construidas a mano en la tierra misma, esta red de marcas es en gran medida invisible para aquellos que viajan en automóvil.
Al inicio de mi viaje en el Valle de Rift en Etiopía, por ejemplo, me encontré con montajes de montículos de piedra que abarcaban el horizonte: una colosal necrópolis de tumbas del pueblo nómade pastoril Afar, completamente desconocida para aquellos que viajaron por los escasos caminos pavimentados que hay.
The ancient rock curbs of the pilgrims’ road. Tarik al hajj, Saudi Arabia.
Paul Salopek
Caminando por el desierto de Hejaz en Arabia Saudita, me encontré con ranuras desgastadas a través de las montañas por siglos de caravanas de camellos viajando a la Meca. A menudo, esas hermosas reliquias pasaban inadvertidas debido a la presencia de las supercarreteras.
Y en la asoleada meseta de Ustyurt en Kazajistán y Uzbekistán, tropecé con bordillos de roca que se extendían por millas de pastos secos: trampas de caza diseñadas por los cazadores de la era de Hierro para canalizar los rebaños de antílopes migrantes hacia fosos de muerte.
Extrañamente, los geoglifos de Andrey Astafyev constituyen un puente entre ambos mundos: el antiguo y el nuevo.
Conocí a Astafyev en Aktau, un puerto Caspio remoto que ancla las costas occidentales de las estepas de Kazakh. Él estaba orgulloso de los tesoros naturales y culturales de su patio frío y semi árido, una zona silvestre del tamaño del estado de Washington, llamado Mangystau. Las praderas de la región, sus salares y sus cerros sobresalientes todavía ofrecen refugio a manadas de lobos, a unas pocas poblaciones relictas de antílopes y a leopardos iraníes. El clima preserva sitios arqueológicos a modo de museo abierto. Astafyev experimentó con distintas técnicas para realizar sus dibujos gigantes. Trituró rocas blancas para "pintar" los diseños en el suelo. Luego se dispuso a arrastrar una traviesa tras estudiar los efectos a largo plazo en la línea férrea vecina.
"Debo parafrasear, en la escala de la Madre Naturaleza, el mandamiento bíblico: "No harás daño!" me escribió.
Le place informar que, tras las lluvias de primavera, cuando las estepas de Kazakh se tornaron verdes, su trabajo se desvaneció estacionalmente de la vista.
The ancient rock curbs of the pilgrims’ road. Tarik al hajj, Saudi Arabia.
Paul Salopek
Caminando por el desierto de Hejaz en Arabia Saudita, me encontré con ranuras desgastadas a través de las montañas por siglos de caravanas de camellos viajando a la Meca. A menudo, esas hermosas reliquias pasaban inadvertidas debido a la presencia de las supercarreteras.
Y en la asoleada meseta de Ustyurt en Kazajistán y Uzbekistán, tropecé con bordillos de roca que se extendían por millas de pastos secos: trampas de caza diseñadas por los cazadores de la era de Hierro para canalizar los rebaños de antílopes migrantes hacia fosos de muerte.
Extrañamente, los geoglifos de Andrey Astafyev constituyen un puente entre ambos mundos: el antiguo y el nuevo.
Conocí a Astafyev en Aktau, un puerto Caspio remoto que ancla las costas occidentales de las estepas de Kazakh. Él estaba orgulloso de los tesoros naturales y culturales de su patio frío y semi árido, una zona silvestre del tamaño del estado de Washington, llamado Mangystau. Las praderas de la región, sus salares y sus cerros sobresalientes todavía ofrecen refugio a manadas de lobos, a unas pocas poblaciones relictas de antílopes y a leopardos iraníes. El clima preserva sitios arqueológicos a modo de museo abierto. Astafyev experimentó con distintas técnicas para realizar sus dibujos gigantes. Trituró rocas blancas para "pintar" los diseños en el suelo. Luego se dispuso a arrastrar una traviesa tras estudiar los efectos a largo plazo en la línea férrea vecina.
"Debo parafrasear, en la escala de la Madre Naturaleza, el mandamiento bíblico: "No harás daño!" me escribió.
Le place informar que, tras las lluvias de primavera, cuando las estepas de Kazakh se tornaron verdes, su trabajo se desvaneció estacionalmente de la vista.
