Chris Schwartz, un académico estadounidense que enseña periodismo en esta frondosa capital de Asia Central, esperaba al camión cerca de una colosal estatua dedicada a los muertos revolucionarios y un bar clausurado llamado Fat Boys, cuando el caro SUV negro se avalanzó rápidamente. Tres hombres salieron. Tomaron a una joven sorprendida en la banqueta y comenzaron a arrastrarla hacia el automóvil. Ella rogó que se detuvieran. Cerca de 30 viajeros en la parada de autobús observaron indiferentes.
"Sólo un niño de 12 años y yo intervinimos", recuerda Schwartz. "El niño decidió simplemente seguirnos y grabar la situación con su celular, que fue suficiente para apanicar a los dos cómplices del sujeto principal".
Llegó el hermano de la mujer. Schwartz lo ayudó a convencer a los secuestradores para que liberaran a la mujer. El líder de los agresores amenazó violentamente a Schwartz. Pero Schwartz captó un rayito de vergüenza en sus ojos. "Estaba conflictuado", dice Schwartz sobre el intento de secuestro a plena luz de día en abril. "Estaba dudando".
Logra una pequeña victoria contra el secuestro de novias en Kirguistán, una nación en donde hasta 40 por ciento de las mujeres del país son arrastradas, a veces literalmente gritando y pateando, a matrimonios forzados. El secuestrador al que Schwartz frustró era un posible novio. Estaba de cacería. La mujer de la parada del camión, que parecía conocer un poco a su atacante, era su presa elegida. Ella huyó a un edificio de departamentos cercano.
El secuestro de novias no es exclusivo de Kirguistán.
Esta traumática práctica social, que a menudo atrapa a las mujeres jóvenes en matrimonios sin amor y un futuro económico arruinado, ocurre en otras partes de Asia Central, el Cáucaso y África. Algunos grupos de romaníes o gitanos también secuestran novias. Kirguistán se hizo la fama de la "capital del secuestro de novias" a principios de la década del 2000, cuando investigadores y activistas revelaron las proporciones epidémicas de la tradición.
Llamado kyz ala kachuu, o más o menos "toma y corre", el secuestro de novias es defendido por antiguas generaciones de kirguises como parte de la antigua cultura nómada de Asia Central. Cuando los clanes rondaban y vagabundeaban por las montañas de la región, los hombres a caballo solían secuestrar mujeres desde afuerar de sus yurtas y galopaban lejos y rápidamente con su presa colgada de ellos. Sin embargo, la mayoría de los historiadores desafían esta justificación
idealizadada.
Los secuestros de novias, dicen los antropólogos, eran en realidad poco frecuentes en la Rusia premoderna. Siglos atrás, tales secuestros solían tapar una fuga voluntaria: una forma para que las parejas enamoradas escaparan de sus matrimonios arreglados. La antigua práctica, alguna vez castigada severamente, resurgió sólo en las últimas décadas.
¿Por qué?
Algunos expertos culpan a las reacciónes machistas y conservadoras en contra de las leyes de igualdad de género impuestas durante los años de régimen socialista por la Unión Soviética. Secuestras mujeres de pueblos y forzarlas al matrimonio bloqueó las migraciones urbanas femeninas y, por ende, la liberalización. La crisis económica después del colapso del imperio soviético en la década de los 90s empeoró el problema. Multitudes de jóvenes desempleados en Kirguistán ya no podían pagar las dotes matrimoniales. Así que tomaron el asunto en sus propias manos, bajo la falsa bandera de una costumbre popular.
"Ni siquiera conocía a mi secuestrador", dice Ainura Smailova, una lingüista de Bishkek que fue secuestrada de su residencia universitaria en 2005. Tenía 22 años. "Era un pariente lejano. Un día, él y sus amigos me metieron en un carro, cerraron las puertas con llave y me llevaron a su pueblo a dos horas de distancia ".
"They told me I’d adjust" to kidnapping, says Ainura Smailova, who was abducted for a forced marriage.
Paul Salopek
En la casa del prospecto, Smailova se vió cara a cara con el mismo dilema al que se han enfrentado decenas de miles de jóvenes kirguisas en días igualmente fatídicos.
En Kirguistán, un país principalmente rural y de mayoría musulmana, la virtud de una mujer se ve comprometida– ya sea que se consuma o no una relación física– si pasa una noche sola en la casa de un extraño. Sabiendo esto, los parientes de los novios ejercen mucha presión por mantener a las esposas secuestradas adentro. La involuntaria novia a menudo es resguardada en una esquina o en un sofá. Una cortina la amarra. Las ancianas de la casa, a menudo también novias secuestradas, se turnan para intentar persuadirla de que acepte a su secuestrador. Ellos luchan por atar un pañuelo blanco a su cabeza, simbolizando su disposición de casarse. Matan a un borrego y preparan un festín de bodas.
"Me arrancaba mi bufanda y luchaba contra ellos", dice Smailova. "La madre y las tías del niño fueron muy agresivas. Incluso pateé a una anciana que me estaba acosando".
Después de estar atrapada en la casa durante cinco horas, los padres de Smailova la rescataron. Es una de las pocas afortunadas. En muchos casos, incluso si la mujer escapa, queda marcada. Las familias de las víctimas de secuestro a menudo no aceptan a sus hijas "contaminadas".
"Hasta hace poco, el secuestro de novias ni siquiera era considerado delito grave", dice Rimma Sultanova, una terapeuta sexual que lleva años documentando el fenómeno en Kirguistán. "En los viejos tiempos, las multas estándar por robar una oveja eran más altas que por robar una niña".
Las cífras reales son díficiles de encontrar. Sultanova dice que los secuestros en Kirguistán llegaron a alrededor de 11,800 casos en 2011, el último año con datos disponibles. Algunos de esos casos fueron consensuados, dice, pero aproximadamente 2,000 de las mujeres secuestradas reportaron que habían sido violadas por sus "novios" no deseados. Otro estudio al año siguiente resaltó el sorprendente alcance de la práctica: hasta el 80 por ciento de las esposas en una aldea kirguisa habían sido secuestradas.
Aún así, los activistas dicen que las actitudes públicas sobre el secuestro de novias -sin contar los incidentes de indiferencia en las paradas de autobús- parecen estar cambiando en Kirguistán.
El gobierno reforzó la pena criminal por el secuestro de novias en 2013. Los perpetradores ahora enfrentan entre siete y diez años de prisión. Aunque hasta el momento solo se han presentado un puñado de denuncias contra los secuestradores, el tema ahora está completamente en la mente pública.
"Ha habido muchas campañas de educación y se han realizado muchos documentales", dice Gulzira Kamytzhanova, una trabajadora social de Save the Children en Bishkek, quien conoce el tema del secuestro de novias. "Es imposible ocultarlo más. Más mujeres se están mudando a las ciudades. Se están volviendo más independientes".
Tursunkan Estebesova and her daughter, Mereem, were both targets of bride kidnapping—one successful, one failed.
Paul Salopek
Como Tursunkan Estebesova.
Estebesova, de 73 años, era una campesina cuando fue secuestrada por un hombre al que conoció solo brevemente en una sala de cine en Bishkek. El tenía 27 años. Ella 19.
"No había amor entre nosotros", dice Estebesova sobre su difunto esposo, que la engañó y convenció de subirse a un taxi con la falsa historia de ayudarlo con un emergencia familiar. Al conductor le habían pagado para que, sin detenerse, la llevara a un banquete de bodas: el suyo.
"Estuvimos casados 45 años", dice Estebesova encogiéndose de hombros. "Acabamos por aprender a respetarnos entre nosotros".
Aún así, más recientemente, cuando se convirtió en el turno de su hija, Meerim Dzholdosheva, de ser el blanco de un secuestro de novia fallido, Estebesova sabía qué hacer. Ella empezó a llevar a su hija a las paradas de autobús para luchar contra cualquier segundo intento de secuestro. Y llevaba siempre una carta de su hija solicitando un rescate de la policía.
