"Alejémonos de la carretera."
Estas palabras se han convertido en una súplica constante desde que diese comienzo nuestro periplo por el mundo, de una década de duración.
Recorrer largas distancias a pie por caminos de asfalto es un castigo cruel. Las carreteras están hechas para que las transiten vehículos, no seres vivos, pensadas para neumáticos, no músculos, diseñadas para la velocidad, no para la exploración. Las carreteras no cuentan historias.
En algunos lugares, como por ejemplo la frontera militarizada entre Jordania e Israel, fue inevitable caminar por carretera. Mi preocupación por mi integridad física me convirtió en prisionero del asfalto durante días. Cuando tuvimos que atravesar el desierto uzbeko de Kyzyl Kum, mis guías locales y yo no tuvimos más remedio que circular por los abrasadores arcenes de la nueva autovía, construida por trabajadores surcoreanos. Los viejos pozos que encontrábamos en nuestro camino, utilizados por las caravanas que un día recorrieron la Ruta de la Seda, hacía tiempo que habían caído en desuso y se encontraban en un estado de abandono, obstruidos por las arenas del desierto.
La Carretera del Karakórum, al norte de Pakistán, ofrece un singular desafío.
La mítica ruta comercial que conecta China con Pakistán discurre a lo largo de escarpados barrancos fluviales, por lo que a menudo se hace físicamente imposible mantenerse alejado del asfalto que recubre su estrecho trazado, transitado por coloridas camionetas, tractores y motocicletas.
Es por ello que doy gracias por la existencia de una red de canales.
Video by Paul Salopek
Excavados a mano por los granjeros que residen en estas montañas, estos ingeniosos canales transportan agua procedente de algunos de los glaciares más grandes del mundo para nutrir pequeños campos de calabazas y de trigo. Para llegar hasta ellos, debemos cruzar puentes de aspecto poco estable que se bambolean suspendidos sobre ríos de agitadas aguas. En ocasiones incluso nos encontramos con que el camino que hemos seguido no lleva a ninguna parte y tenemos que desandar un trecho. Sin embargo, nuestra recompensa está clara: poder caminar por senderos libres de los ruidos y desagradables aromas de una carretera asfaltada. Así, tomamos rumbo al sur, hacia las llanuras del Punjab, hacia el vaporoso Océano Índico, guiados por un ejército de doradas hojas de álamo que flotan frente a nosotros.
