Cuando caminas por la Tierra durante diez años seguidos — como lo hago yo en el proyecto narrativo de La Caminata Fuera del Edén — te acostumbras a ir saltando entre la basura. Tristemente, nuestro maltrecho planeta, como se ve desde el suelo en el amanecer del siglo XXI, a menudo se asemeja a un basurero lleno.
Entonces, resulta extraño encontrar rincones del globo en donde los desechos puedan efectivamente reconfortar, cautivar — e incluso inspirar arte.
Las planicies y las montañas escasamente habitadas de Asia Central son unos de esos rincones.
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