La libertad de movimiento es un derecho fundamental del ser humano tan básico que en ocasiones no le prestamos atención.
Sin embargo, este no ha sido siempre el caso. Los primeros Homo Sapiens que partieron desde África en la Edad de Piedra tuvieron que sortear obstáculos tan diversos como océanos, glaciares o hambrunas, e incluso enfrentarse a otras especies rivales de homínidos. Hoy en día estas restricciones sobre nuestros movimientos persisten, si bien son a menudo de carácter artificial: fronteras, visados, aduanas, pasaportes, zonas de acceso restringido, controles policiales, etcétera.
El equipo de Out of Eden Walk lleva un registro de todas las veces que nos ha parado la policía durante nuestro viaje, para ilustrar de manera anecdótica la mutabilidad de la libertad de movimientos en diferentes puntos del planeta. Todas esos controles están fechados y georeferenciados con coordenadas de GPS y cuando se pincha en los iconos, estos ofrecen una breve descripción de dicho control.
No es de extrañar que aquellos que viajamos a pie en un mundo eminentemente motorizado llamemos la atención de las fuerzas del orden. Las reacciones de estos agentes hacia un forastero que atraviesa su país a pie nos da una idea del nivel de estabilidad, aperturismo y confianza de dicha sociedad en un momento dado.
En los cinco años que llevamos de proyecto, que nos han llevado hasta la frontera entre Tayikistán y Afganistán, hemos sido retenidos en 84 ocasiones, tanto por policía de uniforme o agentes de paisano como por personal del ejército. Si lo desglosamos por países, el total de retenciones policiales en Kazakistán, donde el terreno consistía principalmente en estepa deshabitada, fue cero, mientras que en Uzbekistán, uno de los regímenes más autoritarios de Asia Central, el total ascendió a 34. En Etiopía, la policía requisó mis camellos. En Arabia Saudí, nos dejaron circular en relativa libertad, pero bajo constante vigilancia, y en Turquía las autoridades nos dieron el alto en 17 ocasiones, lo que atestigua los niveles de violencia en la región del Kurdistán, que empeoran cada día.
En Jaslik, Uzbekistán, un agente secreto me llamó a su oficina para interrogarme, para acabar diciendo: "Hágannos el favor y continúen caminando. En esta ciudad existen 16 organismos policiales diferentes, y nos espiamos mutuamente. Lo único que están haciendo ustedes es desconcentrarnos."
Nuestro mapa de retenciones policiales no es perfecto.
Si un órgano de seguridad llama al guía que me acompaña más de una docena de veces al día para comprobar su ubicación, ¿se considera eso un "control policial" en términos estrictos? Dicho eso, debo admitir que yo, a diferencia de los refugiados de guerra o los trabajadores migrantes, soy un viajero privilegiado, ya que cuento con el respaldo de documentación e instituciones que me avalan.
El objectivo de compartir este mapa de encuentros con la policía es el de hacer llegar a mis lectores este sutil mensaje: en un mundo en el que cada vez más gente está en movimiento, a menudo en contra de su voluntad, la ubicación y el motivo de nuestra parada se convierten en elementos clave del periplo humano.
