"Oh, no, no tierra, no tierra bebé. Solo yo sé el tipo de ideas que incluso la gente que dice ser decente tiene cuando hay oro en juego". —El Tesoro de Sierra Madre, por B. Traven (1972)
Los ríos de los valles glaciales del Karakoram, las imponentes montañas de la zona norte de Pakistán, el aire gélido arremolinado y el color pizarra. A lo largo de la orilla de esos remotos cursos fluviales hay tiendas remendadas que se acurrucan como desechos flotantes. Dentro de esas tiendas viven familias nómadas que vagan de corriente a corriente, lavando las oscuras arenas en busca de oro. Son los Sonewal.
"Somos buenos sacando oro de los bolsillos del río", alardeó Izzat Khan, prospector que ha estado viviendo de la riqueza escondida del suelo del Karakoram durante más de 25 años. "Hay que mirar muy bien un río para hacer esto. Hay que ver cómo fluye el agua y escoger los lugares en que se aquieta. Allí es donde se asienta el oro".
El envejecido hermano de Kahn, Jahangir Khan, estaba usando una barreta para quitar peñascos del tamaño de sandías a orillas del río Gilgit para llegar a la arena húmeda que yacía debajo. "No es fácil", dijo jadeando. Alzó sus lastimadas palmas. "Al final del día, mis dedos sangran".
Out of Eden Walk
Niños y mujeres también se afanaron en escarbar en el río al norte del pueblo de Gilgit. La hija adolescente de Izzat Khan, Hafiza, y su hijo de 12 años, Obeid, tomaron turnos para transportar sacos de arena en sus espaldas. Una joven nuera, Nisha, sacudió por horas una mecedora de madera, depositando agua del río en la arena para filtrar pepitas de oro más pesadas. Como en muchas otras familias de la casta minera de Sonewal, ninguno de los niños asiste a la escuela. Más tarde, en su campamento, Khan usó mercurio altamente tóxico para purificar su ganancia del día: una pequeña cuenta de oro puro que vale alrededor de $40. "Un buen día", celebró Khan.
Gilgit-Baltistan, el escarpado distrito himalayo de Pakistán donde trabajan arduamente los lavadores de oro Sonewal, ha sido míticamente considerada durante milenios como una zona rica en minerales.
Hace más de dos mil años, el historiador griego Herótodo describió "hormigas gigantes del tamaño de zorros" que se encontraban en alguna parte de lo que debió de haber sido Gilgit-Baltistan: insectos míticos que se abrían paso por el terreno, escarbando y formando montoncitos de polvo de oro, que eran luegos transportados secretamente por los comerciantes en caravanas de camellos mientras las hormigas dormían bajo el calor del mediodía. (Un investigador moderno sugirió que esas hormigas en efecto eran marmotas). Los viajeros medievales que transitaban por la Ruta de la Seda por el Karakoram posteriormente comentaban acerca de la riqueza de las montañas en rubíes y oro. Y actualmente, el gobierno de Pakistán estima que hay al menos once depósitos de oro comercialmente viables en la región. Cerca de 46 billones de dólares de inversión china en el país, en carreteras, comunicación, represas y otras infraestructuras construidas como parte del corredor económico chino-pakistaní, probablemente incentivarán la extracción minera en la región.
Obaid Alam Khan, 12, helps seek his family’s rough fortunes in the icy glacial waters of Gilgit-Baltistan.
Paul Salopek
Pero por ahora, los Sonewal trabajan los ríos principalmente en solitario, chapoteando en las limosas aguas en busca de hojuelas de brillante depósito aluvial, un cuenco de lavado a la vez.
"Los Sonewal son una raza extraña", señala estereotípicamente William Brown, un oficial británico enviado a esas solitarias tierras en los años 40, en su libro "La Rebelión de Gilgit". "Ellos... vagan por las riberas del río Indo y lavan polvo de oro de la arena y del barro. En ocasiones un golpe de suerte les puede brindar una pequeña fortuna, pero normalmente su vida es bastante precaria. Son una pequeña comunidad inofensiva y feliz, gustan de cantar y danzar, y personalmente creo que descienden de los romaníes y que son parientes de los gitanos".
No hay evidencia que vincule a los sonweal con los romaníes, como indicó Brown. Pero todavía merodean. Pocos de los habitantes locales contraen matrimonio con ellos y sus hijos generalmente no reciben educación formal.
"Esta es la vida que conocemos", dijo Khan mientras envuelve una pizca de oro en una desgarrada madeja de plástico para venderla luego a los joyeros de Gilgit.
