Anoche las hienas se paseaban encorvadas por el campamento.
Sus sigilosas pisadas, de un suave y rítmico caminar, se asemejaban al sonido que produce el índice al golpear la palma de la mano. Emitían pertubadoras risitas, terribles gorjeos —una mezcla entre ronroneo y ladrido. Levanté la cabeza del suelo pero no alcancé a verlas. Se había puesto la luna. Era noche cerrada. No había fuego que las asustara, no habíamos hecho ninguno. En lugar de ello, nos habíamos esforzado en recorrer ocho millas hacia el norte siguiendo nuestra ruta a lo largo de las fangosas orillas del río Awash, dando tumbos por entre densas barreras de matorrales espinosos, agotados, atormentados por los mosquitos, hasta que nos desplomamos para dormir. Pero sin poder dormir. A causa de las «yanguli», las hienas.
Ahmed Alema Hessan, mi guía, culpaba a los «issa», nómadas que hablan somalí y viejos enemigos de los afar —los eternos hombres del saco, ladrones de ganado, «invasores» a la deriva de sur a este, provenientes de los austeros desiertos de Djibuti y Somalia. Con sus partidas de incursión arruinaban nuestros avances, obligándonos a caminar bien entrada la noche. Los issa habían disparado a los afar. Los afar tomaron represalias. Cuánta verdad alberga esta guerra pastoral, cuánto es producto de la imaginación, de exageraciones, cuánto son meros fragmentos de tragedias mayores como el cambio climático, el desplazamiento por proyectos de irrigación, las sequías, es imposible saberlo. Tan arraigado, tan inamovible, tan mitificado.
«A principios de 1930 rechazaba la incesante matanza [de los afar], pero muy pronto acepté que era la forma en la que vivían y nunca sentí el deseo de verlos sometidos a control ajeno y del mundo civilizado».
Portrait of two Afar (Asaimara Danakil) warriors, standing, wearing knives across their waists from which hang leather tassels denoting how many men each has killed. The man on the left is Hamdo Ouga, a young Asaimara chief who was killed by warriors of the rival Adoimara Danakil tribe a few days after this photograph was taken. Copyright Pitt Rivers Museum, University of Oxford
Mientras nuestra pequeña caravana recorre la senda que los primeros humanos ya pisaron dejando África atrás, nuestro camino se cruza de vez en cuando con las pisadas fantasmales de las botas del hombre que escribió esa frase escalofriante, Sir Wilfred Thesiger, iconoclasta, escritor y fotógrafo británico: un lobo solitario, un hombre de otra época, el último explorador.
Thesiger, que falleció a una avanzada edad en 2003, con los cartílagos de ambas rodillas desgastados de caminar, fue un aristócrata delgado como un comino con la nariz rota y espesa cabellera azabache. Ganó su renombre a mediados del siglo pasado al recorrer largas distancias descalzo entre los beduinos de Arabia Saudí. Casi pereció deshidratado mientras atravesaba el desierto del Rub al-Jali no una, sino dos veces. Deambuló con los nómadas bajtiari en Irán. Exploró los últimos tramos sin datos cartográficos de Afganistán. Y aún así. su legado no son sus aventuras. Es su arte.
Sus libros sobre el ocaso de las sociedades preindustriales —«Arenas de Arabia», «Los árabes de las marismas», «Visions of a Nomad» (Visiones de un
nómada)— presentan una prosa maravillosa sin llegar a ser sentimentales. Ofrecen descripciones llenas de matices de un mundo ya extinto, bendiciones para sociedades tradicionales en el umbral de fuertes cambios. Sus fotografías en blanco y negro de nomádas, algunas de ellas francamente homoeróticas, brillan con una ternura que él rara vez mostró en persona. Thesiger eligió ser un tipo duro. Despreciaba la modernidad. A sus más de 80 años vivía solo en un área rural marginal en el desierto keniata. «Una abominación» era el término con el que describía los coches.
El solitario caballero inglés comenzó su extraordinaria carrera errante aquí, donde las tormentas de arena color caqui arrasan el país dejándolo desnudo, en el triángulo de Afar en Etiopía. (Hijo de diplomático, nació en una cabaña de barro en Adis Ababa).
En 1934, a los 23 años, al mando de la caravana de camellos y los guardaespaldas armados que le había suministrado su amigo, el emperador Haile Selassie, este antiguo campeón de boxeo de Eton partió hacia el mar Rojo a través del territorio del hostil Danakil, nombre que recibía el Afar entonces. Por el camino recogió pájaros, levantó barricadas para proteger su tienda de los ataques de los guerreros y escribió las debidas cartas a su madre. «Todo iba espléndidamente ... tomado rehenes de cada jefe para asegurarnos de su buena conducta».
View of Wilfred Thesiger’s expedition party setting out from the Awash Station at the start of his 1933-4 Awash expedition. Copyright Pitt Rivers Museum, University of Oxford
También perpetuó la leyenda de los afar como los nómadas más belicosos del mundo:
«Un varón de cualquier edad, incluso amamantándose, cuenta como un caído. Castran a todas las víctimas, aunque estén vivas, si es posible».
El libro de Thesiger acerca de ese viaje, «The Danakil Diary» (El diario Danakil), está repleto de este tipo de salacidades. Él era muy joven. Veía lo que veía. Omitía en gran parte el contexto histórico —el Afar pertenecía a un extenso imperio pastoral y comerciante musulmán; habían librado una amarga guerra sin cesar durante muchas generaciones contra los vecinos invasores, incluidos los cristianos ortodoxos de Etiopía. Thesiger era un visitante armado e indeseado. Avanzaba a través de una cultura militarizada.
«Cuando miré a los guerreros de cuclillas en el claro», dijo animadamente 80 años después de su primer encuentro con el sultán de Aussa, el rey xonófobo de los afar, «... supe que ese encuentro a la luz de la luna en el desconocido continente africano con un salvaje soberano que odiaba a los europeos simbolizaba la cristalización de mis sueños de infancia».
Thesiger se sentiría en casa hoy en gran parte del noroeste de Etiopía.
El monte Ayalu, un perfecto cono volcánico, sobresale inmóvil en el Gran Valle del Rift. Es el azul translúcido de madera quemada. Y nuestros camellos, como los de Thesiger, han adquirido personalidad: el gran Suma a'tuli es un sufí estoico; el pequeño y terco A'urta pone su descontento de manifiesto sacudiéndose la carga de encima. Por la noche, el antiguo explorador encontraba la calma en el tintineo de las cacerolas, el parloteo en torno a la hoguera. Milagrosamente, la fauna sigue ahí: resplandecientes avestruces delineadas en la dorada luz del atardecer de los llanos. También yo quiero conocer al escurridizo rey de los afar.
Así que levantamos el campamento y seguimos caminando.
Dejamos atrás bosques de acacias de dosel abierto. Dejamos atrás las abovedadas cabañas de los afar que se detuvieron a observarnos. «Una sensación extraña, como si siempre me estuvieran observando...». Dejamos atrás a los hombres de las azuelas de la Edad de Bronze, que cortaban los cada vez más escasos árboles y hacían carbón. Dejamos atrás algunos huertos verdes de maíz, melones y cebollas. Íbamos a la legendaria Asayita —una vez llamada Aussa, la que fuera la capital tradicional del sultanato de Afar. Una ciudad en medio de un oasis. Sus estrechas callejuelas coronan una negra meseta de piedra en un remoto recodo del río Awash. El hogar del rey. Casi 50 kilómetros de ruta en un solo día.
«¿Hola? ¿Hola?», grité al teléfono por satélite que marcaba el número del sultán afar actual. «¿Está su alteza?».
Su alteza Hanfareh Ali Mirah: heredero de un linaje real que data de 1730, sobrino biznieto del soberano que regaló a Thesiger una docena de pieles de leche, dos de «ghee» y dos bueyes —un soborno para que se marchara el explorador. Llevo semanas, meses tratando de localizar a su alteza. Cubierto de suciedad, me encuentro de pie en una azota de Asayita apretando fuertemente el teléfono contra mi oreja. Aquí es donde duerme la gente. Mi «sarong» es una costra de sudor seco. Apesto a camello y humo. He estado sobreviviendo a base de pan ácimo de centeno de los nómadas, bebiendo leche de cabra.
«Llame esta noche después de las ocho, por favor», dijo un criado.
Es lo que hago, pero el sultán —diplomático profesional, político moderno que viaja constantemente en un todoterreno, conciliador de disputas territoriales, donante de provisiones alimantarias de emergencia, de becas— no está disponible después de las ocho. Nunca está disponible. No habrá ni «ghee» ni bueyes para mí. La última vez que lo llamo se encuentra muy lejos de tierras afar. ¿Dónde está? Está en Francia. En Europa.
