“Quienes salen en busca de conocimiento seguirán el camino de Dios hasta su regreso”. — Al-Tirmidhi, Sunan, 39: 2. (Viajeros Musulmanes: Peregrinación, Migración y la Imaginación Religiosa, editado por Taylor y Francis).
Recientemente encontramos huellas humanas en el desierto. Una vista impresionante.
Avanzábamos lentamente hacia el norte, hacia Haql, al Frente de Levante, atravesando una blanca planicie oceánica que ardió a orillas de un verdadero mar — el Golfo de Aqaba. Nada se movía además del viento. Avanzábamos sobre polvo nacido en el origen del tiempo. Y entonces apareció el rastro: un ser humano caminando hacia el este, sin camello, solo. Ali al Harbi, mi traductor, sugirió que tomara una fotografía. Pero, ¿con qué fin? Las huellas podrían ser de cualquiera, incluso nuestras. Se desvanecerían para mañana. (Igual que las de nosotros — esfumadas por la eterna barrida de los vientos septentrionales que vienen desde Siria, desde Palestina). Sin embargo, el poder de aquel rastro – su capacidad para captar nuestra atención — hacía referencia a la paradoja de Arabia Saudita. Un desierto famoso que alguna vez fue habitado por un pueblo legendario — los beduinos — un paisaje de fábula hoy abandonado casi por completo, desalojado por el advenimiento de las ciudades, el petróleo, los autos. Después de haber recorrido más de setecientas millas, esas eran apenas las segundas huellas humanas que habíamos visto.
Caminar por el Hejaz ha sido frecuentemente como estar en un sueño. A través de una sociedad convulsa y catapultada desde la negra carpa de pelo de cabra hasta rascacielos de vidrio. La alucinación de las paradas de camiones con iluminación de neón y tiendas de Pizza Hut. (Sauditas asomados por las ventanas empañadas por el aire acondicionado mirando a un estadounidense que conduce dos camellos bajo el calcinante calor). La profunda sensación de aislamiento, de distanciamiento. El ritual cotidiano de trabajo de las vidas sumidas en la fe. (“Discúlpeme, señor Paul, mientras voy a rezar”). Las ansias de darse a entender a pesar de los muros, los velos y las restricciones del visado. La admiración mutua. La improbabilidad de todo esto. El vertiginoso vacío de la historia.
El día en que vimos las huellas, acampamos en la llanura desnuda.
Me paré sobre un pequeño montículo intentando, como tan a menudo lo hago, captar una señal para mi teléfono móvil. Y en el profundo anochecer, que en el desierto parece surgir desde el suelo mismo y no desde el cielo, escuché voces distantes. Provenían de mi campamento: Ali al Harbi, Awad Omran y Hassan al Faidi, mi equipo de expedición. Y desde algún lugar en la densa penumbra: el vehículo estacionado de la Guardia Costera que nos había estado acompañando por millas. Habíamos estado bajo vigilancia durante semanas.
"¿Por qué nos están siguiendo?" Le pregunté a los soldados.
"Los estamos protegiendo".
"¿De qué?"
"Los estamos protegiendo".
En Occidente, el barullo incesante de la publicidad, la televisión, la información irrelevante, los mensajes de texto y las llamadas telefónicas enmascaran lo que realmente es importante. Pero en Arabia Saudita los anticuados silencios todavía tienen mucho significado.
Descendí al campamento sintiéndome de pésimo humor. Pero al acercarme a la sibilante estufa a gas, a la lona tendida en la arena, escuché a mis amigos reír. La presencia de los soldados no los perturbó. Estaban contando anécdotas, apoyados en los codos, sorbiendo té. Y luego de unos treinta pasos, mi ánimo se arregló. El corazón me dio un vuelco. Esos compañeros de viaje eran mi Arabia Saudita. No el desierto. Me alegré de que estuviéramos juntos. Incluso de nuestros observadores. Estábamos caminando todos juntos, como siempre lo hacemos.
Hoy me despedí de Ali, Awad y Hassan, cuya amistad conservaré por siempre. Dije adiós a mi hombre de logística, Saeed al Faidi, quien acogerá a los valerosos camellos, Fares y Seema, en su finca desértica en las afueras de Yanbu hasta el fin de sus consentidos días. Me despedí también del vicegobernador de Haql, quien me permitió caminar quinientas yardas a través de la frontera internacional entre Arabia Saudita y Jordania — una travesía que, al parecer, jamás se había intentado antes. Dije adiós al Reino de Arabia Saudita.
At the Haql border post, the team that made my Hejaz trek possible: From left, Saeed al Faidi, Hassan al Faidi, Ali al Harbi, and Awad Omran.
Paul Salopek
Veintisiete millas secas separan Haql de Aqaba, Jordania. Mi único combustible fue una pequeña botella de jugo de guayaba.
Salí de la puerta del desierto solo con la ropa que llevaba puesta y una mochila llena de libretas — cuadernos con hojas a rayas azules unidos con ligas y manchados con mi sudor, con mierda de camello y con mi propia sangre. Las páginas deliraban con apuntes sobre el calor devastador. Con rutas hacia pozos lejanos. Mapas entintados de caminos de peregrinación. Sortilegios para remedios beduinos con fuego. Millas y millas de oraciones desde un reino austero que, en gran medida, aún permanece cerrado al mundo. Caminé junto a la autopista de concreto y divisé los primeros artefactos alcohólicos que había visto en siete meses (botellas, latas), pasé frente a una gran mina de potasa y subí por la arrugada costa hacia un poblado turístico. Vi mujeres vestidas en coloridos sarongs. Algunas conducían autos. Nadie me miraba. Salí flotando de un desértico wadi como basura arrastrada en el viento. Encontré un cajero automático. Pedí indicaciones para llegar a un hotel elegante con muebles tubulares del tipo Mies van der Rohe en el vestíbulo. En el exterior, unos hombres ofrecían paseos en camello a los turistas.
Near Aqaba, the first mile in Jordan.
Paul Salopek
"Y de dónde viene, señor Salopek?" — preguntó el encargado, sin la más mínima curiosidad, mientras yo firmaba los documentos.
