Entramos en Tarso, la ciudad natal de San Pablo. Una iglesia de piedra restaurada aquí recibe peregrinos de Italia: la Iglesia de San Pablo. Hay una cafetería que sirve café turco frente a una pensión: St. Paul Café. Hay cimientos de piedra de una antigua casa romana: la casa de San Pablo (quizás). Y allí está el pozo de san Pablo. El pozo mezcla características helenísticas, romanas e incluso islámicas. Buses llenos de fieles vienen a beber de su agua. Dicen que es curativa.
"El agua proviene del suministro municipal", dice Hakan Erkul. "¿Quién puede decir qué milagros puede causar la fe?"
Italian pilgrims at St. Paul’s church in Tarsus.
Paul Salopek
Erkul es un hombre amigable, fornido, con ojos adormecidos y un apóstol, el único promotor del turismo en Tarso.
Aparte de St. Paul, su ciudad ofrece como atracción un túmulo neolítico de 9.000 años que sobresale del centro de la ciudad. El minador Nusret, un buque de guerra de la época de la Primera Guerra Mundial, se encuentra en un dique seco y funciona como museo. (Actuó galantemente en Gallipoli.) Cleopatra conoció a Marco Antonio en el muelle de Tarso. Un arco procesional conmemora esa seducción histórica. Plutarco montó la escena en el año 41 A.C.:
“[Cleopatra] vino navegando por el río Cydnus en una barcaza con popa dorada y velas extendidas de color púrpura, mientras que los remos de plata sonaban al ritmo de la música de flautas, quillas y arpas. Yacía todo el tiempo debajo de un toldo de tela dorada, vestida como Venus en una imagen, y hermosos muchachos, como cupidos pintados, se colocaban a cada lado para admirarla. Sus doncellas iban vestidas como Ninfas de Mar y Gracias, algunas dirigiéndose al timón, otras trabajando en las cuerdas".
Captain in a box: mannequin aboard the World War I warship Nusret, enshrined in Tarsus.
Paul Salopek
Sin embargo, cuando se trata de las maravillas de Tarso, el favorito de Erkul es posiblemente el templo romano más grande y menos conocido del mundo. La ruina de Donuktas es un grupo de muros de concreto derrumbados de 1.800 años de antigüedad, 150 yardas de largo, 82 yardas de ancho y casi 25 pies de altura. Esa extraña estructura cubista es sólo el cimiento. Alguna vez soportó columnas de seis pisos de altura. Se dice que un dedo índice de bronce fue excavado en el sitio a principios del siglo XIX. El colosal dedo medía más de cinco pies de largo. "Todavía lo estamos buscando", informa Erkul.
Un depósito de chatarra automotriz colinda con el templo. "La gente aquí no se preocupa por el pasado", dice Erkul, haciendo una mueca. Pero es difícil culparlos. Tarso es pésimo en lo que respecta a la historia. Es el dilema de Anatolia.
Cuando nos vamos de Tarso, Erkul solicita acompañarnos por un día.
El hombre puede caminar. Fue campeón de boxeo en Ankara. Cuando lo felicito por su intacta nariz recta como aleta de tiburón, la presiona hacia un lado de su cara. Es como hecha de goma. No tiene tabique nasal. "Muchas cirugías", dice. El celular de Erkul suena constantemente. El tono de llamada es el animoso silbido típico de una película "spaghetti western" (el estilo de producciones cinematográficas producidas en Europa que imitaba las cintas western de EEUU y que fue tan popular en los años 60 y 70). El sonido sobresalta a nuestra mula de carga.
Los perros se abalanzan desde los matorrales a medida que avanzamos. Son pastores de Anatolia: ariscos, grandes y peludos, rugen como osos.
Mi guía de caminata, Deniz Kilic, apunta una caja de plástico negra hacia ellos y aprieta el gran botón rojo de pánico que tiene. Se supone que el dispositivo emite un sonido de distracción en una frecuencia muy baja que sólo escuchan los perros. Pero no veo que haga algún efecto. Creo que es un placebo.
“¡Miren con atención!” dice Kilic. "¡Sus expresiones faciales cambian!"
Walking east along the Roman road.
Paul Salopek
Una hora más tarde, nos topamos con un camino romano. Es exquisito y está exquisitamente vacío. La puesta de sol tiñe el cielo de dorado. Pasamos por el fantasma de San Pablo, deambulando a casa desde Antioquía.
