“Fue un — ¿Cómo lo llaman en inglés? — ¿Un genocidio? ¿Sí? Fue un genocidio”, dice Murat Yazar. Mi abuela le contó a mi madre al respecto".
Mi guía de caminata y yo recorremos Ani.
¿Qué es Ani? Es la ruina de un mundo desaparecido en la Turquía moderna: el lejano y hermoso sitio de una civilización olvidada, la capital de mil cien años de un imperio que alguna vez ostentó gran poder. Las reliquias de esta ciudad de la Ruta de la Seda yacen dispersas por las altas mesetas que se extienden bajo el cielo del lejano noreste de Anatolia. Catedrales derruidas. Murallas descompuestas que defienden nada contra nada. Bulevares vacíos que conducen hacia ninguna parte. Murat y yo vagamos por este colosal diorama de quietud, de sobrecogedor silencio, como un paisaje onírico pintado por Dalí. Estamos hablando de la desaparición de los armenios de la región.
Broken arch: a relic of ancient Ani on the closed Turkey-Armenia border.
Paul Salopek
En 1914, cerca de dos millones de armenios solían vivir en lo que hoy llamamos Turquía. Eran una minoría cristiana bajo el régimen musulmán y su historia se remontaba a miles de años. Hacia el año 1922, solo quedaban cuatrocientos mil.
¿Qué ocurrió con más de un millón y medio de personas? Los historiadores indican que la mayoría fue asesinada. Fueron blanco de exterminio. Fueron conducidos hacia áridos desiertos a punta de bayonetas. Fueron masacrados.
“Mi abuela dijo que encerraron a todos los armenios en unas casas, cerca del río Éufrates”, me cuenta Murat. “Luego, los sacaron de noche y los empujaron al río. Los ahogaron”.
Fue ocho meses desde el estallido de la Primera Guerra Mundial. Europa había empezado a canibalizarse. El multicultural Imperio Otomano se encontraba agonizando en medio de terribles espasmos. La mayoría turca otomana – azotada por líderes nacionalistas y enfurecida tanto por las deportaciones masivas como por las masacres ejecutadas por ex súbditos cristianos en contra de personas musulmanas en los derruidos límites del Estado — cobró venganza en sus antiguos vecinos: las minorías asirias y griegas, pero principalmente, armenias. Acusaban a los armenios de infidelidad. De deslealtad. De aliarse con los invasores enemigos del imperio (rusos y europeos coloniales). ¿Cuál era la mano asesina en este enorme crimen? Los curdos locales. Los curdos mataron a los armenios en masa a fuerza de disparo y puñalada. Hubo pandillas curdas que arremetieron contra columnas de refugiados compuestas de mujeres y niños hambrientos. Los aldeanos curdos se apropiaron de los bienes armenios; granjas, rebaños y viviendas abandonadas.
Hemos estado merodeando por los tenues ecos de esta calamidad, Murat y yo, por todo el ancho de Anatolia. Buscamos sombra en casas abandonadas de armenios — casas hoy invadidas por árboles y hierba. Hemos pasado por sólidas iglesias transformadas en mezquitas. Hemos rodeado huertos de nogales sembrados hace mucho tiempo por las víctimas. Murat reflexiona acerca de todo esto. Él es curdo. Lo veo luchar con la historia, con un legado que no puede imaginar, con el paisaje atormentado.
"Una vez le pedí disculpas a un hombre armenio en Estambul", me dice. "Le dije que lamentaba lo que hicieron mis ancestros".
¿Y cómo reaccionó el hombre?
"¿Qué podría decirme? Dice Murat, alzando sus hombros. "Me dijo 'Gracias'".
Nos detenemos en medio de un viento frío. Un enorme letrero ubicado en la entrada de las ruinas arqueológicas de Ani describe su larga historia. El texto indica que la antigua y extensa metrópolis floreció bajo la dinastía bagratiana. Los bagrátidos eran armenios. Pero en ninguna parte aparece escrita la palabra “armenio”. * Durante muchos años ha sido peligroso en Turquía describir lo que ocurrió en 1915 como genocidio. Los jueces turcos han determinado que este término es provocativo, incendiario, insultante; un taboo. Los escritores y periodistas turcos que emitan esas tres sílabas pueden enfrentar cargos por injuria contra el estado turco. Una persona fue asesinada por participantes del grupo ultra nacionalista.
Hay una versión oficial de los hechos. Es así: Los armenios sufrieron, no hay duda en ello. Sin embargo, fueron solo uno de los muchos grupos étnicos que sintieron los fuertes golpes de la implosión del Imperio Otomano. Sin embargo, su destrucción no fue extrema ni sistemática. Fue producto de la guerra. Y la violencia ocurrió en ambas direcciones: los armenios perecieron, pero también los turcos, a manos de multitudes de armenios rebeldes. No obstante, esta limitada interpretación de la historia empieza a revelar algunas grietas. En abril, el primer ministro de la época, Recep Tayyip Erdogan, se convirtió en el primer líder turco que expresó condolencias formales a los descendientes de los armenios de Turquía, que viven hoy dispersos por el mundo. Habló cuidadosamente acerca del 'dolor compartido' de ambos pueblos.
Al caminar por la zona curda interior de Anatolia, uno siente que los ciudadanos comunes le llevan gran ventaja al primer ministro en cuanto a dicho reconocimiento.
“Luchamos contra los armenios y muchos murieron”, dice Saleh Emre, el canoso alcalde del poblado de Kas Kale. “Creo que eso estuvo mal. Ellos pertenecían aquí”. Emre hace una pausa. extiende su mano artrítica hacia las casas de su diminuta comunidad. “Esta tierra pertenecía a un comerciante armenio. Los tíos de mi padre la compraron barata”. Nos da tiempo para digerir este detalle. Luego, menciona los poblados turcos circundantes que alguna vez estuvieron dominados por armenios: Van, Patnos, Agri. Ya no hay armenios allí. Se abstiene de usar la palabra genocidio.
El anciano vuelve la mirada hacia el este, hacia las soleadas llanuras, los dorados pastizales, el herboso paraíso destruido por el recuerdo, hacia el país cercano donde huyeron algunos sobrevivientes. “Me gustaría visitar Armenia”, dice Emre. “Los armenios son nuestros vecinos”. * La escena: El patio de una iglesia en Diyarbakir, la capital cultural de los curdos de Turquía.
Sourp Giragos es la iglesia armenia más grande del Medio Oriente. Ha sido remodelada recientemente, en su mayoría con uso de los donativos de los restos de la comunidad armenia de Estambul. Es un monumento a la esperanza, a la reconciliación, uno de los pocos gestos de este tipo que han comenzado a arraigarse en las zonas curdas de Anatolia en cien años (en un pueblo lejano llamado Bitlis, el alcalde curdo ha nombrado una calle en honor a William Saroyan, el escritor armenio-estadounidense). La gente atrafaga bajo un enorme campanario. Barren hojas caídas, sirven café en mesas exteriores, charlan. Algunas personas encienden velas. Unos cuantos son musulmanes. La mayoría son cristianos ortodoxos armenios. Aram Khatchigian, uno de los cuidadores, ha sido parte de ambos grupos.
Custodian of memory: Aram Khatchigian in the rebuilt Sourp Giragos Armenian church in Diyarbakir, the Kurdish cultural capital in Turkey.
Murat Yazar
“Hasta que cumplí 15 años de edad, creí ser musulmán, curdo”, dice Khatchigian. “Después de ese momento, empecé a experimentar un cambio en mi corazón”.
Él explica cómo hurgó en su pasado oculto y cómo descubrió que su abuelo, un niño de 12 años, y la hermana menor de su abuelo, de entonces 9 años, eran en realidad armenios — los únicos de su familia inmediata que sobrevivieron a los campos de exterminio en las inmediaciones de Diyarbakir, donde un “penetrante olor a cadáveres en descomposición” impregnaba el aire. Los niños se ocultaron bajo un arbusto hasta que un granjero curdo musulmán los acogió, salvó sus vidas, cuidó de ellos como su fueran sus hijos y les dio su apellido. Se convirtieron al Islam. “Todos los armenios que sobrevivieron tuvieron que hacerlo”, dice Khatchigian. “De lo contrario, los asesinaban”. Entonces, un hombre se aproximó a nuestra mesa. Había estado escuchando.
"¿Reconoces el genocidio?", me pregunta mirándome fijamente a los ojos.
Estoy conduciendo una entrevista, le digo.
"No me interesa", me dice. "¿Reconoces el genocidio o no?"
Para algunos armenios, esta absorbente pregunta lo es todo — la piedra angular de una lucha nacional, casi una identidad moderna: Turquía y el mundo deben reconocer, por fin, que en Anatolia un real genocidio tuvo lugar, definido legalmente. Millones de armenios de la diáspora han invertido enormes cantidades de energía y dinero en esta campaña de presión. (Al menos 21 países hoy aceptan oficialmente que el genocidio armenio es una realidad. Estados Unidos e Israel, que valoran sus lazos diplomáticos con Turquía, no se cuentan entre esos países).
La autora armenio-estadounidense Meline Toumani describe el efecto sofocante que este amargo debate político ha provocado en su vida:
“Para algunos armenios, el reconocimiento significa una indemnización de parte de Turquía: para los más pragmáticos, dinero. Para la mayoría, significa simplemente el uso oficial de la palabra genocidio. Para mí, llegó a significar que ya no podía soportar asistir a ninguna reunión armenia, porque aunque se tratase de una lectura de poesía, un concierto o incluso un encuentro deportivo, al final todo se trataba del genocidio”.
En la iglesia de Diyarbakir, el extraño se sienta a nuestra mesa.
Repite su pregunta otra vez. Y otra vez. Khatchigian mira abajo hacia sus zapatos, avergonzado. Yo saco mi lápiz. Esperamos.
“I don’t care. Tell the world I’m Armenian.” But she changed her mind, and here in Dyarbakir she did not want her face to be photographed.
Murat Yazar
* * *
Una gigante bandera turca roja ondea sobre el sitio arqueológico de Ani.
Las antiguas ruinas de la ciudad se extienden hasta el borde de un cañón. Al otro lado, a corta distancia a pie, se encuentra la pequeña República de Armenia. Nadie nunca cruza hacia allá. La frontera entre las dos naciones ha estado cerrada durante años debido a su mutuo recelo y hostilidad. Ani es un callejón sin salida.
Emprendemos camino, Murat y yo, hacia el norte.
Tiramos de nuestra valiente mula de carga por los empantanados campos invernales que rodean Kars, una ciudad curda que en la década de 1890 era 85 por ciento armenia. Murat pregunta a los sorprendidos habitantes si aún quedan armenios en el lugar. Siendo un ciudadano turco de minoría curda que enfrenta cuestionamientos propios sobre la resistencia cultural, Murat siempre hace preguntas. Lo observo avanzar, interrogando al pasado en busca de respuestas. Es un hombre larguilucho, melancólico, en una búsqueda personal. Con una cámara colgando sobre su parka. El negro fango anatolio se apelmaza bajo sus botas. No puedo sino sacudir mi cabeza en asombro.
Asesinos o víctimas, no hay pueblos elegidos. Solo hay personas. Y muertos. Y lo que haces con tu dolor le dice al mundo quién eres.
