En lo alto de un agreste valle en Afganistán se yergue solitaria una diminuta cabaña sin ventanas, construída a base de cantos rodados de río.
Su murmullo se escucha desde varios metros de distancia, sus paredes emiten un extraño sonido vacilante, casi como un suspiro, como una canción suave, monótona, incesante. Del umbral ennegrecido emergen cada cierto tiempo un hombre y un niño cubiertos de la cabeza a los pies de un polvo blanco. La luz del sol les da una apariencia etérea, como de otro mundo. Se limpian la cara con un paño y regresan al interior de la cabaña.
¿Estoy frente a un emplazamiento ceremonial? ¿Es esta cabaña una suerte de santuario de culto a un rito ya olvidado? ¿Son el hombre y el niño fantasmas?
La respuesta a todas estas preguntas es sí.
En el interior de esta pequeña construcción me encuentro con una rueda de granito de 300 kilos que da vueltas alrededor de un eje de madera de nogal engarzado a una serie de paletas de madera. Un torrente de agua helada proveniente de un remoto glaciar en la frontera entre Afganistán y Pakistán impulsa estas paletas, que se mueven incansablemente en círculos. Como si de magia se tratase, el poder de la Naturaleza convierte los granos de trigo en nubes de harina, un elemento básico de la alimentación de los granjeros de la zona, cuya dieta se basa principalmente en pan y té. El hombre y el niño, padre e hijo, figuras desdibujadas por una nube de gluten, trabajan en sintonía. Es evidente lo mucho que se quieren: el padre limpia el polvo de la cara de su hijo, mientras que el pequeño contempla a su padre a la espera de instrucciones, que obedece de buen grado. Ambos pertenecen a la que posiblemente sea la última generación de molineros del mundo.
Video by Paul Salopek
El ser humano ha utilizado el poder del agua para moler grano al menos desde el siglo I antes de Cristo.
Por aquel entonces, el historiador Estrabón ya incluyó un molino de grano en el inventario del botín acaparado por los Romanos tras la conquista del sur de Turquía. Anteriormente, otro erudito de la Antigüedad Clásica, posiblemente Antípatro de Tesalónica, loaba en un poema el efecto liberador que los molinos de agua tuvieron sobre la vida de las mujeres griegas, quienes antes de su invención se veían obligadas a recurrir a piedras de amolar o molinillos de mano para moler su grano:
"Mujeres que sudáis por el esfuerzo de la molienda, cesad. Permaneced en vuestro lecho aunque el gallo anuncie el alba. Vuestra tarea es ahora responsabilidad de las ninfas acuáticas..."
Se podría decir pues que los molinos de agua fueron los primeros robots de la Antigüedad.
Su presencia tan extendida en el mundo agrícola, de China a Europa pasando por Arabia, atestigua su eficacia. Si tomamos como ejemplo el Reino Unido, el Domesday Book, el primer censo de propiedades realizado por orden de Guillermo el Conquistador, recoge la existencia de 6.000 molinos harineros en funcionamiento sólo en Inglaterra en el año 1066. Esta red de energía hidráulica suponía la presencia de un molino por cada 40 familias. Sin embargo, la llegada de las energías fósiles en el siglo XX condenó a la mayor parte de estas construcciones al olvido.
Excepto en el Corredor de Wakhan, en Afganistán.
Rodeados por montañas de más de 6.000 metros de altura y acuciados durante años por los envites de una guerra civil, los habitantes de este territorio remoto de la provincia de Badajshán, nutrido por numerosos arroyos glaciales, dependen del poder natural del agua para poder sobrevivir y alimentarse.
La diminuta aldea de Pigish, habitada por afables granjeros chiíes ismailíes, cuenta con cinco molinos de agua que operan incansablemente durante la temporada otoñal de la cosecha. Al igual que en la Europa medieval, cada molino, que es una propiedad familiar, está sujeto a un gravamen por parte del Gobierno. La profesión de molinero es una profesión de larga tradición, heredada de padres a hijos durante siglos. Los granjeros de la aldea transportan sus sacos de trigo en carretillas rudimientarias hechas con tablones hasta el molino más cercano. Los habitantes del Corredor de Wakhan también construyen sus propias viviendas de adobe, tallan sus propias vigas de madera de álamo, cosen sus propias alforjas de arpillera para sus burros, trenzan sus propias cuerdas de pelo de yak, tallan sus propias herramientas de madera y construyen sus propios acuerductos de piedra. Son estas manifestaciones de artesanía humana las que hacen de una travesía por el Corredor de Wakhan una experiencia tan placentera. Apoya las palmas de tus manos en el bruñido mango de un hacha, hecho con madera de sauce. Estoy seguro de tu cuerpo recordará ese momento.
Algunos afganos utilizan sólo su nombre, sin apellidos, como en el caso de Sultan, el padre de 38 años que trabaja en el pequeño molino de agua junto a su hijo Shambe, de nueve años.
La última vez que les veo se están tomando un descanso, sentados en unas telas descoloridas sobre una manta en el exterior del molino. Ellos no hablan, el molino sí. Sultan y Shambe contemplan el valle bañado por la luz del sol, en una actitud casi de respeto por su parte, mientras beben tímidamente a pequeños sorbos tazas de té que se sirven mutuamente de una tetera de hierro abollado.
